Ciclo LOS PECADOS CAPITALES en Mamerta Espacio Cultural

Estreno: OBELISCO en Mamerta Espacio Cultural

"¿Es el pecado la capital? ¿O es la capital el pecado? ¿O acaso el pecado es nuestro único capital?"

DOMINGOS 8, 15, 22 y 29 de Mayo 20:00 Hs
Lavalle 4080 | 2059-1861

¿Qué pasó con Dionysos? Teatro y Mitología

"El mito es como el principio y el alma de la tragedia..."

"¿Qué pasó con Dionysos?" es la pregunta que algún griego avispado habría pronunciado en voz alta al descubrir que del rito originario había quedado poco y nada en esas tragedias y comedias donde tres hombres y un coro jugaban a ser otros frente a una multitud de espectadores ávida por escuchar una historia. Lo cierto es que el mito, pese a todo, conservó su lugar a lo largo y ancho de los siglos tanto en la escritura como en la puesta en escena de un teatro que nació intentando dejarlo de lado. Acaso porque como afirmaba Levi-Strauss, no somos los hombres los que contamos mitos, sino que son los propios mitos quienes se cuentan a si mismos a través de los hombres. En estos cuatro encuentros reflexionaremos sobre la presencia fantasmal del mito en el teatro, discutiendo distintos tipos de aproximaciones, de Frazer a Campbell, al estudio de la mitología universal, reflexionando sobre sus relaciones con lo prófano y lo sagrado y deteniéndonos muy especialmente sobre los desvíos y rodeos de la fabula (palabra latina con la que los romanos tradujeron el aristotélico mythos) tanto en el teatro, como en el cine, la televisión y la literatura popular contemporánea.

MARTES 26 y JUEVES 28 de Abril;  MARTES 3 y JUEVES 5 de Mayo;  18:15 a 20:15
Maza 28 | 4861-3076 | 15-5944-4288 | cabuiateatro@yahoo.com.ar

Cómo se escribe el Humor Laboratorio Teórico-Práctico de Creación Humorística

"El humor se dice de muchas formas (y también se escribe así)..."

Este laboratorio tiene por objetivo brindar a los participantes una serie de herramientas para llevar adelante la creación de monólogos, cuentos, sketches o cortometrajes humorísticos. No se trata tan sólo de explorar la escritura sino también otras modalidades de la risa y lo cómico. Se brindará a los participantes una serie de herramientas y ejercicios para poner a prueba su capacidad de creación humorística. Por su carácter interdisciplinario, está dirigido tanto a escritores como a dramaturgos, diseñadores de videojuegos, clowns, actores, guionistas o cineastas interesados en estudiar los alcances y las posibilidades del humor en sus creaciones.

JUEVES 12, 19 y 26 de Mayo; 
JUEVES 2 de Junio;  18:00 a 21:00
Informes e inscripción

24 de marzo de 2016

Hay días en que, pobre de mí, tengo raptos de esperanza
y pienso entonces que hubo
una mitad que sí
una mitad que no
una mitad que colma la plaza
otra mitad que no sale de casa
una mitad que lucha
otra mitad que ha dejado de luchar
una mitad que pregunta ¿por qué?
o que grita ¡No es así!
otra Mitad que se ofusca si alguien grita
si alguien se atreve a levantar la voz.
hay días como hoy en que pienso que los primeros
fuimos muchos menos alguna vez
que hoy somos la mitad.
Y entonces tengo raptos de esperanza.
Pese a la otra mitad.

Para Luisa

No fue el concierto número dos de Rachmaninoff
opus nosecuantos para piano y cuarenta y cuatro manos

Ni las obras completas de Beethoven

Ni el último capricho de Paganini
tocado por Paganini en el infierno
con una cuerda sola.

Lo que apagó la música
Del mundo fue su risa

Su pequeña risa
Su primera risa

Historia del cazador y el eco*

No me acuerdo si he dicho que mamá tenía al eco amaestrado, como a un perrito o a un potro. Yo no sé cómo lograba que le hiciera caso. Ella contaba que una noche lo había encontrado, tiritando de frío y miedo, al borde del arroyo, sangrando por un costado. Parece que antiguamente el eco era muy travieso y se complacía en extraviar a los viajeros que pasaban por la montaña. 

 - Hasta aquella noche de la tormenta de nieve - decía mamá - Había, al otro lado del valle, un cazador de perdices. Hombre bueno como pan de centeno. Vivía con su mujer que tenía unas pestañas tan lindas que parecían alitas de mariposa. Cuando volvía del trabajo ni hacía falta que ella se levantara de la cama. Bastaba conque cerrara los párpados para que las alitas dieran dos trompos en el aire y le encajaran un beso en la frente. En ese entonces, en el pueblo vivía un doctor, bizco de un ojo, pero del otro tan sano que miraba hasta lo que no había. Y como la mujer del cazador estaba embarazada y a punto de dar a luz el doctor recorría en mula todas las semanas el camino que pasaba por la montaña, hasta la cabaña del bosque. 

 Quiso la suerte que la misma noche de la tormenta de nieve el bebé comenzara a empujar para afuera. Usté sabe, Margarana, que aquí en el pueblo las mujeres nos las arreglamos solitas, casi para todo. Pero con este bebé había un problema. Venía como enroscado el muy caprichoso y de puro atropellao no podía salir. La mujer daba unos gritos que para qué le cuento, hija mía. Si usté se hace madre, ya los dará también. El hombre en la desesperación tomó su abrigo y se internó en la noche. El viento aullaba como lobo malo y aunque conocía el camino de memoria, no había alma que se orientara en aquella oscuridad. 

 Con todo, logró llegar hasta el pueblo y despertar al doctor. Pero al emprender la vuelta, el eco, que aquella vez estaba más travieso que nunca, les jugó una mala pasada. Giraba como rabioso el maula, rebotando por las paredes de la montaña y lo que es peor, llevando los gritos de la pobre mujer. El cazador no podía con su angustia. Se extravió dos, tres, cuatro veces. Cuanto más tiempo pasaba más fuertes eran los gritos y más el eco se entretenía perdiéndolos en las tinieblas. 

 Para qué sigo, Margarana. Llegaron tarde, cuando los gritos, hacía rato que se habían apagado. La vida, que a veces es ladina, no perdonó ni al niño ni a la mamá. 

El cazador se volvió loco del dolor. Tomó su rifle y se fue a la montaña a castigar al eco, por malicioso e irresponsable ¡Qué locura, dira usté! Comenzó a disparar al aire pero no hacia cualquier lado ¿Sabe cuál era el método? Le echaba al eco unas palabrotas que no voy a repetir y cuando el eco sotreta le contestaba, el hombre disparaba en aquella dirección ¡Qué locura, dirá usté! Pero lo cierto es que al día siguiente, rumbeando para la casa del Terencio, me lo encontré, herido de muerte. 

- ¿Al cazador?
- ¡No! ¡Al eco! ¿No me cree usté? ¡Si hubiera visto como sangraba! 
- ¿Había sangre? 
- No, sangre, no, qué el eco no tiene sangre. Sangraba como una música, como esas canciones que se cantan en la iglesia para despedir a los muertos. Me dio lástima y me lo traje a casa. Yo sabía que el eco había sido malo. Pero a todos se ha de dar una segunda oportunidad ¿no cree? Lo bañé, lo abrigué, le puse ropa, le di de comer. Hasta nombre le puse. Porque no lo iba a andar llamando solamente eco, ¿no? 
- ¿Y qué nombre le puso? 
- Umberto. 
- ¿Umberto? 
- Sí, Umberto. 
- Pero mamá, ¿El Umberto no era un hermanito que se murió a los tres meses de nacer? 
- ¡Hija! ¡Qué cosas dice! ¡Eso le habrán dicho sus hermanos, que son ignorantes como burro sin dueño! Todo esto sucedió antes que usté naciera y había que guardar las apariencias ¡No le iba a andar diciendo a la gente que tenía al eco en mi casa! 

Cuando hubo sanado le eché un chorro como de cuatro horas seguidas. Lo bueno, Margarana, lo bueno es que lo entendió. Ahora cuando uno va por la montaña el eco, más que perderlo, le hace compañía. Si uno canta despacito él silba suave detrás. Y a mí me quiere mucho, no sólo porque le salve la vida sino porque lo hice recapacitar. 

Este cuento - que no todos - tiene final feliz. O feliz a medias, porque las desgracias son también parte de la vida ¿no? Entre tantas cosas le pedí a Umberto que por respeto no se acercara a la cabaña del cazador. Pero yo sé que el muy sotreta se fue derecho una tarde, cuando habían pasado ya unos años. El hombre estaba sentado, sacándole filo al cuchillo cuando oyó que desde algún sitio remoto, le llegaba, transparente y cristalina, una voz. 

Resulta que al otro lado del bosque vivía la viuda del Pablo, un gaucho que hacía tres años se había despeñado del barranco. Ella guardó luto por un tiempo, pero una mañana de sol descubrió que la soledad y la pena no se llevan bien juntas. Al borde de un estanque donde solía lavar los trastos se vio mirárse y viéndose le dio por tararear una canción. 

Nube tan nube 
nube callada 
nube de leche 
no dices nada. 

Viento del norte 
que viene y pasa 
viento del norte 
no tienes casa. 

Las lágrimas caían despacito e iban marcando el ritmo, con cada lágrima, sobre la superficie del estanque. Al otro lado del bosque el cazador oyó la canción y le pareció en ese momento la canción más triste del mundo. A él también se le caían las lágrimas y también se vio reflejado en el filo del cuchillo. Y así, al mismo tiempo, a uno y otro lado del bosque, dos historias iban a juntarse. Sólo hacía falta un alma caritativa que tirara del hilito de una y de la otra y que les hiciera un nudo en la mitad. Y allí estaba mi amigo el eco. El muy ladino me había desobedecido. Pero ¿quién podría culparlo? ¿no?

*Fragmento de Margarana.